...::Historias con pluma y tinta::...

lunes, 24 de diciembre de 2012

Invierno Capítulo 9


HUGO
Ya habían pasado tres días sin que hubiese aparecido el niño perdido en el bosque. Lord Alfred estaba histérico y había insistido en mantener al pequeño Walden dentro del castillo en todo momento. El muchacho no había puesto demasiadas pegas y se pasaba la mayor parte del día en su habitación con el maestre Grandall, un viejo de largos cabellos blancos y de afable humor que normalmente consentía mucho al pequeño señor. Sin embargo Hugo iba al bosque temprano por la mañana y cada vez que volvía para informar con las manos vacías, volvían a enviarlo allí hasta que caía el sol.
Nadie se adentraba más de lo necesario. Todos tenían miedo. La zona donde Hugo había encontrado a Walden no estaba muy lejos de las murallas, por lo que la desaparición del otro niño les resultaba más inquietante y los hombres bajo su mando comenzaban a decir que el bosque estaba maldito, que había tratado de llevarse a Walden también. Hugo no creía en encantamientos, pero estaba de acuerdo en que algo raro pasaba.
Walden, no obstante, no daba muestras de estar asustado o inquieto. Cuando Hugo lo veía estaba siempre sonriente, como si hubiese superado una especie de reto. Su comportamiento había cambiado, Hugo incluso estaba seguro de que el niño estaba más pálido, pero nadie más parecía percatarse de ello. El asunto no le gustaba nada, se dijo a sí mismo que tenía que andarse con cuidado.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Los reyes de las ratas [Introducción]


Si algo he aprendido como policía es que la vida no es justa. En mis redadas he visto gente en las calles hurgando en las basuras, gente que se ve obligada a robar por necesidad yendo a la cárcel cumpliendo más pena que personas mucho más malvadas que no conseguimos atrapar o no disponemos de pruebas suficientes para su encierro. Asesinos que campan a sus anchas pensando que el mundo es suyo mientras niños son enviados al correccional por defenderse en una pelea callejera que accidentalmente acaba en homicidio. Los barrios bajos apestan a miedo, a pobreza, a sangre. No nos queda más que intentar impartir esa justicia que tanto nos hace falta.
Mi nombre es Yu Kenji y entré en el cuerpo con veinticuatro años. Me hice policía porque mi padre me inculcó desde pequeño que una ciudad no puede sobrevivir si no hay gente que defienda a la gente buena de la gente mala. Tal vez suene infantil, pero yo me crié con eso y en ello creo todavía. Sin embargo, en aquel entonces creía que podía defender a toda la gente de Tokyo y me doy cuenta de lo ingenuo que fui entonces. Creo recordar que en aquellos tiempos todavía sonreía. Dejé de hacerlo cuando mi primer equipo, con el que llevaba ya mis dos buenos primeros años, murió durante una operación en la que yo mismo participé y de la que fui el único superviviente.
Investigábamos un local que sospechábamos, y más tarde confirmamos, que pertenecía a los Suishin-kai, una banda perteneciente a los yakuza, los reyes de los barrios bajos y de los negocios sucios de todo Japón. Si yo me salvé fue gracias a los extraños caprichos de Suzume Yasu, una joven chica de endiablada belleza, la mano derecha del oyabun de la banda, que creyó conveniente jugar conmigo a su antojo. Nunca olvidaré aquella mirada tan deliciosamente peligrosa, tan arrogante, tan llena de perversa diversión. Quería jugar al gato y al ratón, estaba aburrida. Quería que yo la buscara, que la encontrara.
Pues bien, lo hice.
Y esta es la historia.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Pausa para un bollito (?)

Sé que he tenido esto bastante abandonado y lo siento x_x. Pero es que las clases me tienen absorta y apenas saco tiempo para escribir un par de líneas.

No sé cuando volveré a colgar algo pero prometo que será algo nuevo (llevo un tiempo trabajando en una historia propia para colgar aquí) y que seguiré con el fic de Invierno en cuanto pueda también.

Para compensar un poco mi ausencia, os dejo esta canción de Saurom que es muy Stark.


miércoles, 24 de octubre de 2012

Invierno Capítulo 8


KYRAN
Fue un viaje silencioso, pero no por ello menos comunicativo. Veneno de Dragón comprendía que el Fuego quería que viajase a su lado, comprendía que había un propósito dentro de todo aquello, pero no sabía cuál. Sentía durante todo el día los ardientes ojos del Fuego clavados en su nuca mientras él caminaba junto a su caballo y notaba una sensación en su pecho creciendo de forma cálida y agradable.
La primera noche de su viaje, el Fuego fue  a él. Se enzarzaron en una apasionada lucha carnal entre Hielo y Fuego de la que fueron testigos únicamente las estrellas. Veneno de Dragón recorrió todas las curvas del Fuego, de su Fuego, porque aquella noche era suyo y nada más que suyo.
Al día siguiente continuaron viajando en silencio. Veneno de Dragón pensaba en lo ocurrido, en si había hecho bien la noche anterior. “Mi madre montaba dragones” pensaba para animarse. “Pero un dragón acabó con ella” recordaba después. Si el Fuego percibió sus dudas, nunca lo dijo.
Esa misma noche, volvió a suceder lo mismo. Veneno de Dragón no podía ocultar su sorpresa, pero no quiso romper el encanto haciendo preguntas, por lo que dejó que el Fuego lo tomase, dejó fundir su Hielo y entregarse completamente a aquella ardiente pasión que a ambos los embargaba.
E igual que los días anteriores, su viaje transcurrió en silencio mientras Veneno de Dragón cada vez tenía más dudas. “Debería quedarme aquí” pensaba “Que le den a los reinos, a los sirvientes y a las putas, mi lugar sé que está aquí”.

lunes, 22 de octubre de 2012

Invierno Capítulo 7


BRINNA
La noche era tan oscura que hasta con las lámparas de aceite encendidas a lo largo de la cubierta era difícil ver. Pipper, el juguetón hurón blanco de Yikar, el nuevo amigo de Brinna, mordisqueaba un trozo de pan duro que había sobrado de la comida en el regazo de la chica, que estaba sentada con Yikar mirando las estrellas. Bajo la identidad de Gen, la feminidad de Brinna había pasado más o menos desapercibida para el resto de los marineros. Uno o dos había querido molestarla buscando pelea, pero entonces Yikar aparecía y el marinero se iba farfullando y maldiciendo. En aquel instante estaban ellos solos en la cubierta.
-Mira, esa de ahí parece un martillo –Brinna señaló un grupo de estrellas y Yikar siguió la dirección con la mirada hasta encontrarlo.
-Es el khalasar de Khal Fogo, siempre iba armado con una gran maza.
A Brinna cada vez le gustaba más Yikar. Siempre tenía una historia para algo y pasaban entretenidos durante los aburridos días de viaje. Le gustaba mucho escucharle y también le gustaba jugar con Pipper, el hurón parecía haberle cogido tanto cariño como ella a él. Se alegró de haberlo encontrado en Ghaen.
La chica siguió mirando al cielo buscando constelaciones y encontró una que le pareció curiosa. Parecía un dragón extendiendo las alas. Se lo dijo a su amigo.

viernes, 19 de octubre de 2012

Las Guerras del Péndulo última parte.


Cubierta del Pomeroy, después de la operación Leveler.

Marcus podía ver a Dom en la cubierta mientras el Raven aterrizaba. No había ni rastro de Tessa. Tal vez todavía estuviese ocupada. Hablaría con ella después. Se lo diría, igual que también iba a decírselo a Dom. Sin embargo, iba a ahorrarse los detalles. No podía permitir que los dos lo recordasen muerto de dolor. No, era una carga que debía llevar él solo.

Cuando el Raven aterrizó, Marcus fue el primero en bajar. Llevaba los restos de Carlos envueltos en tela de tienda de campaña. Ver eso destrozaría a Dom, quien no tardó en acercarse. Miró a Marcus, lo saludó, y luego buscó a Carlos con la mirada. No iba a encontrarlo. Al menos, no como él esperaba encontrarlo.

-¿Dónde está Carlos? –le preguntó; su vista se clavó en el “paquete” que llevaba, la mirada de Marcus se lo dijo todo-. No… No, dime que no es él.

-Lo siento, Dom… -Marcus dejó los restos en una de las camillas que habían traído, sintiéndose incapaz de seguir llevándolo en presencia de Dom; ahora le tocaba a él llorar su pérdida, y sabía que prefería hacerlo solo, con los restos de su hermano-. De verdad que lo siento…

Dom se acercó horrorizado a lo que quedaba de su hermano. Marcus no quiso mirar. Avanzó en dirección a las escaleras mientras se quitaba la placa del blindaje para bajar a buscar a Tessa, pero cuando llegó a las mismas, Tessa ya había subido a la cubierta. Miró a Marcus, dirigió una rápida mirada a Dom, y luego volvió a mirar a Marcus. Tenía los ojos hinchados, parecía haber estado llorando. ¿Sabía ya lo de Carlos? No, era imposible, nadie podía habérselo dicho.

Se acercó a ella, preguntándose cómo iba a decirle que Carlos había muerto, si es que no lo había deducido ya ella sola. Estaba demasiado callada para aquella situación. No hacía más que mirar a Marcus con una expresión difícil de adivinar. Parecía alegría, pero también había dolor en ella. Sin poder soportarlo más, la abrazó con fuerza contra él. Tessa no cerró los ojos. Miró a Dom, llorando sobre los restos de su hermano. Un par de lágrimas brotaron nuevamente de sus mejillas. Sin embargo, los latidos del corazón de Marcus resonando contra su oído parecían calmarla. Al menos él seguía vivo. Y Dom.

-Lo siento, Tessa… Carlos…

Las Guerras del Péndulo Parte 5


Pomeroy Control, costa de Ostri.

El final de la operación estaba cerca. Tessa se sintió más aliviada cuando todos los comandos hubieron regresado a bordo del Pomeroy, y más todavía cuando se cercioró de que Dom seguía vivo, aunque lamentaba la pérdida de Bai Tak. Había dado su vida para que Dom pudiese volver. Ese hombre se merecía una medalla.

Sin embargo, todavía quedaba trabajo por hacer. Había que informar a las tropas para que se retirasen y había que salir de allí como fuese posible. Todo el mundo se tomaba un descanso, todos celebraban el éxito de la operación excepto Tessa, que cogió su auricular y trató de contactar con Anya. Paseó los dedos buscando el canal de radio adecuado, distraída por el hecho de que todo había salido relativamente bien. Se equivocó de canal.

-Carlos –era la voz de la sargento Mataki; Tessa se quedó helada, se dirigía a Carlos-. Carlos, ¿puedes regresar tú sólo al punto de reunión?

-Negativo –Carlos sonaba fatal, Tessa contuvo la respiración, asustada-. No puedo moverme. Me han dado.

-Yo iré a por ti –intervino Marcus; el corazón de Tessa se aceleró, ¿qué demonios ocurría?-. ¿Dónde estás? ¿Qué demonios ha pasado? ¿Por qué no has llamado a un médico? ¿O a mí?

-Porque sabía que harías eso. No lo hagas, Marcus.

-Cállate. Ya voy.

Tessa escuchaba la conversación enmudecida de horror. Quería que Carlos regresase a casa. Debía regresar, no podía morir allí. Trató de tranquilizarse a sí misma diciéndose que no debía estar tan mal si todavía estaba despierto. Siguió escuchando la radio.

-Fénix, quédate ahí, es una orden –dijo la sargento Mataki-. Métete en el canal y dirígete a la zona de aterrizaje.

-No, sargento, tengo que volver a por él.

-Voy a presentar cargos contra ti.

-Entonces, ¿por qué tú también vas hacia allí?

Hubo una pausa. Tessa podía escuchar los jadeos y las respiraciones que hacían al moverse, también las balas que rezaba por que no diesen a ninguno de los tres. No podía cambiar de canal, no podía moverse del sitio. Apenas se atrevía a respirar. Tenía miedo. Tenía miedo por Carlos, por Marcus, por la sargento… Tenía miedo por todo el mundo en aquel momento. Todo el alivio que sentía porque la misión casi había terminado se desvaneció por completo. Nunca había una misión perfecta.

-Está bien, Carlos –dijo la sargento Mataki finalmente; parecía haberse aproximado a la zona, igual que Marcus, pero que todavía les quedaba un trozo-. Ya vamos, querido. Tú aguanta. No vamos a dejarte.

-Atrás. No seáis tan estúpidos. Dejadme.

jueves, 18 de octubre de 2012

Invierno Capítulo 6


KYRAN
El viaje hacia el norte estaba resultando algo más lento de lo que él tenía previsto en un principio, pero poco se podía hacer si eran dos viajeros y un solo caballo. Mina y él se turnaban para viajar a lomos del corcel, a veces iban ambos montados e incluso algunas los dos a pie. Pero seguían yendo muy lentos, demasiado para el gusto de Kyran. Por suerte había aprendido a tener paciencia.
Mina resultó una compañera de viaje de lo más agradable. Lo animaba con historias que juraba que le habían ocurrido a ella, como que el aullido de los lobos la mantuvo caliente toda una noche o que una vez conoció a un tipo que era capaz de saltar de rama en rama como si fuese una ardilla. Kyran no llegaba a creerse ni la mitad de las cosas, pero resultaba entretenido. La que más le costaba de creer era la de que ella sola había derrotado con la espada a un grupo de cinco hombres que intentaron violarla en una aldea del sur. Cuando Kyran la miraba, no veía a una guerrera, una luchadora. Veía a una chiquilla que trataba de huir de su pasado. A los pocos días de viajar con ella empezó a pensar que tal vez no fuese buena idea llevarla al norte.
-Mi padre decía que mi tío abuelo Pyron venció a un oso armado solo con su bota –iba contando ella en aquel momento mientras montaba en el caballo.
-Pues debía tener un gran olor de pies –respondió él, que iba de pie, caminando a su lado.
Mina lo miró, como sorprendida de que de verdad la estuviese escuchando. Sonrió levemente y volvió a mirar al frente, parando al caballo con las riendas. Kyran la miró.
-Pensáis que no puedo hacerlo –dijo la chica mirándolo desde arriba.
-¿Hacer qué?
-Derrotar a un hombre topo en un combate con espadas, distinguir qué setas son comestibles entre las más parecidas, trepar a lo más alto del árbol más alto…
-No existen los hombres topo –la cortó el mercenario.
-Existe una aldea llamada Villa Topo –replicó Mina-. Llamamos así a los que viven en ella. ¡Claro que no existen los hombres topo!
Por una vez Kyran se sintió estúpido. Se frotó distraídamente el cabello mientras miraba al suelo. Oyó el suspiro de exasperación de Mina a lomos del caballo.
-No pensáis que una chica sea capaz de hacer todo eso.
Esta vez fue él quien suspiró. Mina bajó del caballo y comenzó a avanzar.
-¿Qué hacéis?
-Demostraros que puedo ser tan dura como cualquier hombre.
Prosiguieron un trozo en silencio durante el cual Kyran, quien no se había montado en el caballo porque todavía no era su turno y por si Mina cambiaba de opinión y quería volver a subirse, contempló la espalda de Mina mientras caminaba delante de él. Puso los ojos en blanco. Sólo es una chiquilla, se dijo, es como discutir con una niña pequeña. O con un niño, mejor dicho.
Cuando iba a abrir la boca para decirle que no se alejase demasiado, ella se detuvo de golpe. La observó extrañado hasta que vio cómo sacaba un estilete que llevaba oculto en la bota, un estilete que le era muy familiar.
-¡Eh! ¡Eso es mío!
-Callad –susurró ella retrocediendo unos pasos hasta donde estaba él sin dejar de mirar en dirección al bosque que seguía bordeando el Camino Real.
Kyran alzó el brazo para quitarle su arma pero ella lo apartó de un manotazo que le dolió y lo dejó sorprendido. Volvió a intentarlo pero esta vez ella le cogió de la muñeca y apretó fuerte. No le hizo demasiado daño, pero bastó con eso y con la mirada que le dirigió la chica para comprender que no estaban solos. Tardó unos segundos en escuchar las pisadas y el crujir de las hojas.
-¿Cómo los has oído tan pronto? –susurró Kyran-. ¿Y cómo me has cogido eso?

Invierno - Personajes (1)

Os pregunté por twitter si queríais ver a algunos personajes de Invierno y me dijisteis que sí, así que los iré poniendo por partes (como los fascículos xD).

En fin, aquí os dejo el primero. Aquellos que me conozcáis sabréis por qué he escogido a este maromo XDD.























Kyran Hill
25
Lannisport

miércoles, 17 de octubre de 2012

Las Guerras del Péndulo Parte 4


Centro de Aspho Point, después del desembarco de los comandos.

Había sido todo muy rápido. No habían encontrado resistencia al allanar el lugar. La compañía roja había encontrado a los civiles en apenas diez minutos, la compañía verde escoltaba a los robots mientras éstos recopilaban toda la información posible y la azul se encargaba de colocar las cargas de explosivos en el exterior. Los pesangas hacían bien su trabajo, si había guardias fuera y no habían intervenido todavía, significaba que ellos los habían encontrado antes.

A pesar de todo, Hoffman no estaba tranquilo. Sentía que todo era demasiado fácil. Había demasiada poca protección. Paseaba de un lado a otro de la habitación donde mantenía cautivos a los rehenes esperando un aviso de Bai Tak. Cuando la zona de fuera fuese segura, éste debía avisar a Hoffman para que sacase a los civiles. Por lo que se ve, estaban tardando algo más de lo previsto.

“¿Y si está muerto? No, con tantos años de lucha no puede morir haciendo lo que mejor se le da”

Pero era una posibilidad. Tal vez les hubiesen descubierto. Era una opción poco probable, no habían oído un solo tiro y los pesangas no hacían ruido alguno al acechar y asesinar a sus víctimas. Trató de tranquilizarse pensando que tal vez les estaba llevando algo más de tiempo de lo normal. Al fin y al cabo, llevaban sólo diez minutos.

Entonces vio algo caer desde el tejado por la ventana. Se asomó cautelosamente por el cristal para ver qué era. Era un cuerpo. Un cuerpo enemigo. Tenía marcas del machete de un pesanga en el cuello.

“Malditos cabronazos. Hacen bien su trabajo”

Al final resultaba que los pesangas seguían haciendo su trabajo. Hoffman se tranquilizó un poco y esperó la llamada de Control. Ellos eran los que verificarían la identidad de los que estaban buscando. Eran no llegaba a veinte personas, no deberían tardar demasiado. Finalmente, le llegó el aviso por radio.

-Control a Cleaner, hemos identificado a dos de los tres civiles –dijo la encargada de Control-. Definitivamente son Ivo y  Bettrys, pero sigue faltando la tal Meurig. No está entre los presentes.

Entonces, los dos que habían reconocido su identidad no mentían. Sin embargo, seguía faltando una, y eso bien podía suponer un problema. Hoffman trató de recordar la cara de la foto. Vio entonces a una chica bastante más joven que el resto que le resultaba algo familiar. Se acercó a ella, quien lo miró desafiante. No tuvo efecto. Hoffman bien podía dar más miedo que ella.

-Tú –dijo con su voz ronca-. ¿Cuál es tu nombre?

-Cerdo fascista, no tengo por qué decírtelo.

-¿Quiere que se lo consiga yo, sa? –dijo la voz de Bai Tak procedente desde la puerta.

Hoffman se sobresaltó. Bai Tak y uno de sus hombres habían decidido regresar para cubrir las espaldas de Hoffman y sus hombres. Sin embargo, esa aparición tan repentina no le sentó muy bien.

martes, 16 de octubre de 2012

Las Guerras del Péndulo Parte 3


Sarfuth, región norte, frontera de Maranday, base operativa de vanguardia, compañía C 26 RTI, tres años antes del día E.

Carlos podía jurar que iba a congelarse. Aquel clima helado era demasiado para él. Trataba de entrar en calor como podía dentro del blindado mientras cuidaba que tampoco se congelase el motor de éste. Aun con todos los esfuerzos que hacía, sentía que iba a morirse de frío. Una sombra cubrió la puesta de sol al otro lado del parabrisas y quitó con la mano la capa de hielo que lo cubría. Era Marcus. Incluso a esa temperatura tan baja seguía sin usar casco. Se sentó en el asiento del pasajero, al lado de Carlos.

-¿Sabes cuánto calor corporal pierdes por la cabeza? ¿Estás loco? ¿Quieres congelarte?

Marcus se encogió de hombros.

-Diez por ciento –respondió-. Tal vez. Tal vez no.

-Ya, pues no creo que a Tes le hiciese ninguna gracia…

Marcus no se pondría casco a no ser que se lo exigiese un oficial. Desde que el primer día le cortaron el pelo al rape según el reglamento, se había tomado a pecho una de las normas de uniforme de la CGO: se consideraba un accesorio para la cabeza aceptable un pañuelo pirata siempre y cuando fuese negro, no se viesen los nudos y llevase prendida la insignia de la gorra en el centro. Desde entonces siempre llevaba uno. A Tessa le gustaba cómo le quedaba, pero Carlos estaba seguro de que si supiese que incluso con el frío más peligroso se negaba a usar casco, se enfadaría con él.

-Por cierto, ¿hizo los entrenamientos de todos modos aunque pensaba quedarse en el CIC? –le preguntó a Marcus.

-Sí –respondió-. Por si algún día cambia de opinión y quiere estar en el frente.

-Entonces no creo que la dejen combatir, por mucho que sepa pelear, dudo que esté a la altura de un Gear –dijo Carlos-. Nunca ha sido tan fuerte.

-Pues no te creas, dicen que la sargento Mataki está satisfecha con ella –Marcus miraba impasible a través del parabrisas, como si el frío no le afectase del mismo modo que a Carlos-. Y Mataki no está satisfecha con mucha gente.

Eso era cierto. La sargento Mataki era conocida en el ejército por ser la Gear más experta en supervivencia. Había servido con el padre de Marcus, el oficial Víctor Hoffman y con Helena Stroud, una general con más agallas que muchos otros, en el 26 IRT, los invencibles. Había viajado por medio mundo y había visto y comido de todo. Era raro que un Gear superase sus expectativas.

-Me alegro por ella, pero espero que no quiera llegar a ponerse en el frente –replicó Carlos.

No hacía falta que dijese que se preocupaba por ella. Marcus lo sabía, y también lo entendía, ya que era su novia desde hacía ya un año, lo natural era que él también se preocupase. Y aunque no hubiesen salido juntos, también se hubiese preocupado ya que habían sido amigos toda la vida. Sin embargo, se sentía orgulloso de ella, de que quisiese poder luchar como un hombre en el campo de batalla. Estaba muy lejos de la niña asustada que había corrido a casa de los Santiago casi diez años atrás.

Lo cierto era que los Gears parecían una raza completamente distinta de humanos. Tenían grandes cuerpos que justificaban todas y cada una de las raciones de comida que recibían. Debían comer el doble de lo que comía una persona normal para poder mantener un cuerpo fuerte y sano para luchar en el frente. Cuando Marcus y Carlos comenzaron a ganar peso, Tessa parecía un fideo a su lado. Las mujeres no llegaban a ser tan grandes como los hombres, pero a primera vista estaba clara una gran diferencia entre el cuerpo de la sargento Mataki y el de Tessa. Seguramente, si decidía seguir en el frente, Tessa acabaría con un cuerpo como ese.

-En fin, deberíamos movernos. Como no lo haga se me va a congelar la vejiga –dijo Carlos.

Salieron del blindado y su calefacción al frío invernal de la montaña. No era agradable, era casi suicida, pero debían continuar con la vigilancia de los conductos de imulsión. Carlos hizo esfuerzos para entrar en calor nuevamente. Para eso se había alistado, para hacer su trabajo de la forma que le ordenasen.

Oficinas CIC, Jacinto.

El CIC era los ojos y oídos del ejército de la CGO. Tessa comprendió en aquel momento por qué. Era la primera vez que entraba en las oficinas. Por todas partes veía pantallas que retransmitían lo que los robots captaban con sus cámaras mientras todos los operarios controlaban los canales de radio transmitiendo instrucciones o coordenadas a los Gears del frente. Todo el mundo apuntaba cosas frenéticamente mientras hablaba por radio, bebía café y comía lo que podía. Tessa sabía que le costaría adaptarse a aquel ambiente.

Invierno Capítulo 5


WALDEN
Contemplaba la escena sentado en un enorme barril del patio de armas sin inmutarse siquiera. Un grupo de niños con los que había estado jugando hasta hacía unos minutos estaban golpeando con palos a Orren, uno de los criados de su padre porque había tenido la osadía de cruzar por medio del patio mientras estaban ellos presentes. Lo habían considerado como una invasión de sus territorios y le estaban haciendo pagar la afrenta. Walden contemplaba al flacucho pelirrojo sin ninguna compasión, pero también sin ganas de participar en algo tan poco noble. Su padre ante todo le había enseñado modales.
Cuando llegó la guardia de su padre, el grupo de niños se disolvió, desapareciendo rápidamente en distintas direcciones inmersos en risas y grititos. Walden simplemente se rascó la nariz en un gesto típico suyo mientras permanecía sentado en el barril. Cuando Orren se puso en pie, los guardias también se marcharon. El enclenque muchacho pelirrojo también abandonó el patio, cojeando y maldiciendo en voz baja. Suspirando, Walden dejó el palo que había estado sosteniendo y fue a reunirse con el grupo de niños que había huido hacia las murallas del sur.
El día era gris, como lo eran todos los días del otoño. El sol se escondía tras las nubes en un aviso de la oscuridad que lo reemplazaría en cuanto llegase el invierno. El pequeño Walden había nacido en invierno, pero apenas recordaba nada de aquel entonces, solo días negros y noches todavía más negras. Y el frío. El frío que sentía que volvía a calar todos sus huesos noche tras noche. Le gustaba.
Siguió el camino de piedra hasta llegar a la muralla del sur. Encontró allí, junto a las enormes y pesadas puertas de madera, a dos de los chicos con los que había estado jugando. William, rubio, alto y demasiado delgado, hijo de un amigo de su propio padre, y un muchacho regordete, muy semejante a un saco de patatas del que Walden nunca recordaba el nombre, que tenía el pelo pajizo y cortado a partes desiguales, lo que le daba un aspecto cuanto menos ridículo. Era uno de los chicos del pueblo. Ambos estaban riéndose todavía y no se molestaron en parar cuando vieron acercarse a su pequeño señor.
-Se lo pensará dos veces antes de volver –dijo William todavía con lágrimas de risa en los ojos cuando Walden estuvo junto a ellos.
-¡Se echó al suelo como un cobarde! –dijo el muchacho gordo antes de volver a echarse a reír. Sus regordetas rodillas estaban a punto de tocar el suelo. Walden disimuló una mueca de desagrado.
-Vosotros sois los que actuasteis como tal –se sorprendió a sí mismo diciéndolo-. Erais más, y armados con palos. No fue justo.
Sin embargo, él no había hecho nada por evitarlo. Se preguntó en qué lugar lo dejaba eso a él. Los dos niños dejaron de reírse y lo miraron seriamente.
-¡No somos cobardes! –el chico regordete hinchó el pecho en un intento de parecer bravo, pero lo único que consiguió es que Walden tuviese que reprimir una risita.
-Seguro –dijo esforzándose por no reírse delante de ellos.
Aquello pareció molestarlos a ambos, porque ya no quedaba ni rastro de diversión en sus rostros. Cuando Walden logró mantener la compostura, les devolvió la mirada, desafiante.
-¿Y qué hay de ti? –preguntó William-. Seguro que ni siquiera te hubieras atrevido a tocarlo por miedo a que te bajara los calzones.
El chico regordete se rió, pero Walden se mantuvo serio. No le gustaba que le llamaran cobarde, y menos alguien que sí era un completo cobarde y que no tenía ni idea de nada. Pensó en algo divertido, algo que podría hacerlos callar y demostrarles que era más valiente que ellos.
-¿Queréis jugar a algo? –preguntó con un brillo de suficiencia en la mirada-. Iremos al bosque –los otros dos niños se miraron espantados ante la idea, Walden lo sabía y sonrió-. A menos que tengáis miedo, claro.
Los vio tragar saliva, satisfecho. William sabía que trataba de hacerlos quedar mal, por ello decidió aceptar el juego. Walden se lo explicó. Cada uno de los tres partiría desde tres puntos distintos hacia el interior del bosque. Había unas plantas que florecían en aquella época no muy lejos de las murallas, por lo que no haría falta adentrarse más de media legua. Tenían que coger una de las flores y volver. El que volviese sin flor sería considerado un cobarde.
William aceptó, pero el muchacho regordete parecía tener sus reservas. Cuando cada uno fue a situarse en un punto distinto, él se mantuvo cerca de la puerta. Walden no se molestó en preocuparse por él y entró en el bosque.

lunes, 15 de octubre de 2012

Invierno Capítulo 4


BRINNA
La parada que su barco había hecho en Ghaen era de un día. Brinna se había adaptado al barco más rápido de lo previsto y le resultaba sencillo robar comida de la cocina y llevársela a su escondite en la bodega, por lo que nadie había reparado en que llevaban un polizón a bordo, pero su deseo de pisar tierra por primera vez en una semana era fuerte. Cuando la mayoría de los marineros y algunos viajeros que habían pagado su parte de la travesía hubieron bajado del barco, Brinna se decidió a bajar. Sentir la tierra firme bajo sus pies en vez del constante bamboleo del barco la relajó. Cerró los ojos, aspiró el aire de Ghaen y se dispuso a dar un paseo por la pequeña ciudad.
Había pescadores en la playa cerca del muelle. Brinna se quedó un rato mirando cómo preparaban las redes antes de echarse a la mar. Recordó entonces que tenía hambre, así que fue en busca de una posada de la que poder sustraer algo de comida. De Enza había aprendido a no ser vista, a ser ágil y rápida, pero siempre había sido ella la que robaba. Brinna todavía lo hacía con terror en el cuerpo por si era descubierta.
La posada en la que entró estaba a rebosar de marineros y habitantes al mismo tiempo. Muchos de ellos hablaban en la lengua de Asshai, la que ella conocía, pero otros pocos hablaban la lengua común de los siete reinos, que aunque la comprendía, le era todavía algo complicada de dominar. Olía a pescado por todas partes. En la calle el olor era algo más sutil, pero dentro de aquella habitación golpeaba en el rostro y casi cortaba la respiración al que no estuviese acostumbrado a él. Cubriéndose la nariz con la manga de la camisa, Brinna se abrió paso entre marineros y pescadores borrachos.
Localizó un plato de comida que podía conseguir. Su dueño entablaba una amigable conversación con un pescador que arreglaba una de sus redes sentado en las escaleras de madera que conducían a las habitaciones, por lo que estaba de espaldas a la mesa. En el plato había una pata de conejo apenas intacta. Tenía que haber sido un gran conejo, porque era algo más grande de lo normal. A Brinna le rugía el estómago.
Se acercó como si nada, sin mirar el plato directamente para evitar atraer la atención sobre ella. El pescador estaba centrado en su red mientras hablaba con el que había pagado la comida, por lo que ninguno de los dos se había percatado de que ella estaba allí. Contuvo la respiración, alargó la mano y...
Echó a andar como si nada después de alcanzar su presa. Dio un rodeo rápido a la posada escondiendo la pata de conejo en la manga de su camisa y salió del abarrotado establecimiento. Solo entonces se atrevió a darle un mordisco. Le supo peor de lo que había imaginado, pero era comida y ella tenía hambre. Se alejó de la posada, lista para curiosear por las calles hasta que se hiciera de noche y pudiese volver al barco.
“Seguro que a Enza le hubiese gustado esto” pensó con tristeza. Las casas estaban hechas de madera y de forma un tanto tosca. Algunas de ellas estaban hechas de piedras y barro, las más grandes, pero en general era una ciudad pobre, muy distinta de Qarth. Sin embargo eso era lo que le gustaba a Enza, la vida normal en sitios como ese. Qarth nunca le gustó.
-¡Detenlo!
Cuando oyó el grito, Brinna se asustó, pensando que era por ella, que la habían pillado robando, pero entonces algo blanco pasó corriendo por entre sus pies, tropezó con una de sus botas y comenzó a subirle por la pierna. Para cuando se percató de lo que ocurría, el hurón se había encaramado a su sobrero. Tras él iba corriendo un muchacho joven, apenas un año o dos mayor que ella. Tenía la piel morena, curtida por el sol y el calor del desierto, sin duda. Llevaba los oscuros cabellos recogidos en una pequeña coleta. Brinna se sonrojó al ver que no llevaba camisa.
-Lo siento chico –dijo cuando llegó junto a ella, sin aliento-. Cuando le da por escaparse es muy rápido, pero de normal se porta bien.
El chico recogió el hurón del sombrero de Brinna. Era bastante más alto que ella, ya que Brinna era menuda y enclenque y él era alto y fornido. Tenía que alzar el cuello para mirarle a la cara, pero enseguida supo que no debía haberlo hecho.
-Vaya, eres una chica.
Brinna bajó la mirada tratando de esconderse bajo su sombrero y puso la voz más grave que sabía.
-¿Estás loco? ¿Cómo voy a ser una chica?
En vez de dedicarse a responder, como esperaba Brinna, el muchacho alzó la mano libre y le tocó uno de sus pechos.
-¡Oye! –gritó ella.
-¿Ves?
Sin embargo, sonreía, divertido por el enfado de Brinna. Ella miró a su alrededor para cerciorarse de que nadie los había oído. Por suerte, aquella calle estaba vacía a excepción de ellos. Brinna volvió a mirarle.
-No me delates, por favor.

Las Guerras del Péndulo Parte 2


Jacinto, 4 A.E

“Tía” era la palabra con la que le había definido Dom. A Tessa todavía le costaba creerlo. Dom tenía a penas dieciséis años, igual que ella, igual que María, y ya la había dejado embarazada. Desde que  habían comenzado a conocerse, habían sido inseparables, algo que ya se había visto venir. Tessa se encontraba ahora mismo en el recibidor, preguntándose si debería entrar para apoyar a Dom mientras se lo decía a sus padres o le dejaba hacer a él. En contra de lo que esperaba, los Santiago no gritaron.

-Tienes dieciséis años. Sólo tienes dieciséis.

-Papá, no puedo huir de esto –Dom parecía muy firme en sus palabras-. Tengo que hacer lo correcto.

Hubo unos segundos de silencio. Al parecer, los padres de Dom todavía intentaban asimilar la noticia.

-¿De verdad quieres casarte y tener un niño cuando tú aún eres un niño?

-No puedo dejar que María pase por esto sola.

Lo cierto era que  Dom era valiente. Estaba dispuesto a saltar al abismo por María si hacía falta. Tessa lo sabía, sus padres lo sabían, y aunque las cosas no iban a ser del todo normales a partir de aquel momento, supo que Dom podría arreglárselas. Sus padres eran comprensivos, ni siquiera parecían enfadados, simplemente sorprendidos. Tessa supo que no debía seguir escuchando la conversación, así que subió a su habitación. Aunque los Santiago la habían tratado como si fuese una hija más, aunque Carlos y Dom se empeñaban en tenerla como a una hermana, aunque Dom la había calificado como “tía” de su futuro hijo, Tessa sentía que estaba metiéndose en un asunto que no le concernía, ya que aun con todo eso, ella no era una Santiago, aunque la familia se empeñase en convencerla de que sí. Después de todo, ella no podía olvidar que una vez tuvo otra madre.

Cerró la puerta de su habitación. Lo cierto era que aquella había sido antes la habitación de Carlos, pero cuando ella se mudó allí, Carlos y Dom habían pasado a dormir juntos. Tessa al principio pensó que eso les molestaría, pero ellos parecían encantados si eso significaba que la tendrían en casa. No podía negar que la querían mucho. Carlos siempre había sido el hermano mayor que nunca tuvo. Y Dom, a pesar de tener su misma edad, también. Ambos se preocupaban por ella, la defendían de quien hiciese falta, le hacían la puñeta e incluso la habían enseñado a pelear. Marcus también había puesto su granito de arena en esa última parte. Criarse en una casa con dos hermanos requería saber al menos algunas tácticas de defensa, y aunque Carlos y Dom eran fuertes, Tessa no se quedaba nunca atrás, siempre estaba a su mismo nivel, aunque tenía que reconocer que Carlos, con quien más solía pelearse, muchas veces la dejaba ganar. Otras lo ganaba limpiamente.

Fue consciente en ese momento de lo rápido que podía pasar el tiempo. Se dio cuenta de que aquello que parecía inseparable podía hacerlo en cualquier momento. Carlos se había alistado en el ejército, como siempre había dicho que haría. Había acabado los estudios, como Eva quería que hiciese, y desde el día que se había inscrito, llevaba puestas las botas del uniforme para domarlas, como decía él. En aquellos momentos, Carlos estaba en casa de Marcus. Lo había acompañado para que le dijese a su padre que quería alistarse como Gear, que no iba a ser un científico, como su padre quería. Se preguntó cómo les iría.

Su mirada se posó en una foto enmarcada que tenía sobre la cómoda. Era una foto de los cuatro juntos seis años atrás. La señora Santiago la había hecho el día del cumpleaños de Tessa. Se veía de lejos que le hubiese gustado tener una niña. Rodeada de tanto hombre parecía alegrarse de tener una presencia femenina en la casa, y en aquel cumpleaños se había esmerado al máximo para que Tessa pudiese sonreír con ganas, ya que habían pasado dos años de la muerte de su madre. Fue el primer cumpleaños en el que no lloró por ella. Esa foto lo conmemoraba. Se podía ver a los cuatro, sonrientes, a los tres chicos rodeando a Tessa, recordándole que ese había sido su día especial. Cerró los ojos, preguntándose si de verdad estaba donde debería estar.

domingo, 14 de octubre de 2012

Las Guerras del Péndulo Parte 1

Fan Fic del videojuego Gears of War. 

Recuperado de los recónditos lugares de mi ordenador.



Instituto Olafson, Ephyra, 12 A.E

La clase se pasaba lenta, muy lenta. Tessa veía pasar lentamente la manecilla del reloj mientras el profesor daba las últimas explicaciones. Quería salir ya, reunirse con Dom en el pasillo e ir a buscar a Carlos para ir juntos a casa. Pese a que tenía la misma edad que Dom (ocho años), en el instituto Olafson las chicas y los chicos estaban separados, por lo que sólo podían verse durante los recreos. Los hermanos Santiago habían demostrado un gran afecto hacia ella desde el momento en que se conocieron, tres años atrás. Podía decirse que la consideraban una hermana más. Tessa lo agradecía. Eran los únicos amigos que tenía.

Después de cinco minutos que habían parecido toda una eternidad, sonó el timbre. Tessa recogió sus cosas y salió a reunirse con Dom en el pasillo, quien ya la estaba esperando en frente de su clase. Fueron a buscar a Carlos mientras se ponían al corriente de lo aburridas que habían sido sus últimas clases. Llegaron a la puerta del instituto a tiempo para ver cómo uno de los compañeros de clase de Carlos, su hermano y otro chico más se marchaban corriendo, al parecer, malparados de una pelea. Vieron que huían de Carlos, quien estaba con alguien más, alguien alto. Se acercaron corriendo para ver qué había pasado.

Carlos estaba un poco magullado, pero no era nada serio. El otro chico parecía intacto. Tessa lo miró, un chico alto, de pelo negro y ojos azules que le devolvía la mirada bastante serio. Dejó de prestarle atención para comprobar si Carlos estaba bien.

-Tranquila, no me han hecho nada –dijo él, agradeciendo su preocupación-. Gracias a Marcus, claro –señaló al otro chico con la cabeza.

Dom y Tessa volvieron a mirarlo. Esta vez, el chico se encogió de hombros.

-Era lo que debía hacer por alguien que lleva todo el día defendiéndome –se limitó a decir.

Carlos sonrió. A Tessa le parecía que Carlos era bastante maduro para la edad que tenía, ya que sólo tenía diez años pero llevaba dentro de él un sentido muy fuerte de lealtad y amistad.  A Tessa eso le parecía bien, pero siempre le acababa causando problemas a Carlos, y eso la disgustaba.

-Dom, Tes, os presento a Marcus Fénix –presentó-. Ha venido nuevo a mi clase. Marcus, ellos son Dom, mi hermano, y Tessa, vive en nuestra misma calle, pero es como nuestra hermana pequeña.

Típico de Carlos, cuidar siempre del que necesitase ayuda. Ello le honraba. A Tessa no le llevó mucho tiempo llegar a la conclusión de que simplemente por llevar el apellido Fénix, Marcus no tenía las cosas muy fáciles. Sí, tanto Dom como ella habían reconocido el apellido del afamado científico Adam Fénix. A Dom le costaba creer que el hijo de aquel prodigioso hombre estuviese en la misma clase que su hermano. A ella, sin embargo, le parecía un chico normal que debido al renombre de sus padres no podía llevar la vida normal que quería. Le daba pena.

Marcus parecía un chico bastante independiente, sin embargo Carlos parecía querer hacerse cargo de él igual que hacía con Dom y con ella. Tessa quería decirle a Carlos que tal vez eso lo molestase, pero luego pensó que no le vendría mal tener un amigo si acababa de llegar a la escuela. Él decidiría su propio camino.

-Bueno, Tes, vámonos antes de que se te haga tarde –dijo Carlos recogiendo su mochila del suelo y limpiándola como podía. Después, se volvió hacia Marcus-. ¿Nos acompañas?

-¿A dónde? –preguntó a la vez que pestañeaba un par de veces. Tessa adivinó que hacía eso cuando algo lo sorprendía o lo alteraba. En aquel caso, le sorprendía. Sin embargo, a Tessa le sorprendió que su expresión no se alterase lo más mínimo.

Invierno Capítulo 3


HUGO
El frío y suave viento alborotó sus rizos castaños mientras esperaba al resto de sus hombres en medio del sendero. Algunos árboles ya habían comenzado a cambiar el color de sus hojas y Hugo no pudo evitar que un escalofrío le recorriese la espalda pensando en el invierno que estaba por llegar. Los otoños nunca habían sido demasiado largos. El joven escudriñó con sus ojos ambarinos la espesura que lo rodeaba. Galen apareció poco después a lomos de su caballo gris y poco más tarde lo hizo también Trino con el suyo. Ambos traían la negativa escrita en sus rostros, pero era algo que ya esperaba.
Hugo y sus hombres dedicaban al menos un día al mes para adentrarse en el bosque que rodeaba Bosquespeso en busca de la antigua señora del castillo, Mina Glover. Lord Alfred se resistía a creer que había muerto intentando atravesarlo, pero tampoco pensaba que la chica hubiese llegado lejos. Hugo sabía muy bien lo equivocado que estaba, lord Alfred no conocía a su sobrina lo más mínimo. Al menos no como él.
-Ese viejo chalado… -musitó Trino, un hombre cerca de la treintena, de cabello cobrizo y barba de pocos días-. Cada día está más paranoico, os lo digo yo.
-No sé qué miedo debe tenerle a una chiquilla –dijo el otro, rubio y algo mayor que Trino.
Hugo, el más joven de los tres, rondando los veinte años, no dijo nada. No le desagradaba la compañía de Trino y Galen, al fin y al cabo eran sus hombres, pero ellos tampoco habían conocido bien a Mina. Hugo sabía que la muchacha seguiría viva. Ese pensamiento estaba alimentado mayormente por el hecho de que él la había llevado a caballo hasta el final del bosque para que pudiese escapar, cuando todavía era un chiquillo sin rango en la ausencia del cual repararía nadie durante un par de días. Pero claro, aquello no lo sabía nadie.
Se había ganado un puesto entre los mejores hombres de Alfred Glover demostrando su valía con la espada. Cada vez que la empuñaba recordaba las tardes que había pasado con Mina cuando eran niños entrenando en el patio de armas cuando pensaban que nadie los veía. Había querido acompañarla en su viaje hacia el sur, pero Mina insistió en que se quedara allí. Necesitaría a alguien que la ayudara a tomar Bosquespeso cuando llegara el momento, le dijo, alguien que lo hiciera desde dentro. Así que Hugo, fiel a ella como lo había sido siempre, se había quedado.
Sin embargo el tiempo pasaba, tras una fresca primavera de casi un año de duración, había transcurrido un verano de cuatro cálidos años que ahora estaba llegando a su fin. Hugo lo sentía en los huesos, en sus entrañas. Las noches se hacían más largas, sus sueños se volvían más intranquilos. El norte era el peor lugar para pasar el invierno, pero no conocía otra cosa que no fuese aquel lugar.
Los tres jinetes llegaron a la muralla que rodeaba el castillo de Bosquespeso y esperaron a que les abriesen las pesadas puertas de metal. Bosquespeso no se caracterizaba por ser una amplia fortaleza, pero bastaba para los que vivían en el castillo y la pequeña aldea de pescadores situada más al norte. Sobre las grises y frías piedras patrullaban hombres de lord Alfred, siempre en guardia, igual que en las puertas de la muralla y del castillo, y también por las calles del pequeño poblado.
Dejaron los caballos en los establos. Cuando Hugo ya se disponía a informar a lord Alfred, llegó otro grupo de hombres que también regresaban de una incursión al bosque. Ellos tampoco traían noticias. Suspiró. Aunque aquello aliviaría a lord Alfred una vez más, no bastaría para que creyera que Mina había muerto igual que su hermano.
Subió las escaleras de piedra de la entrada del castillo y se encaminó hacia los aposentos de lord Alfred, donde estaba su señor la mayor parte del tiempo. Como suponía, estaba levantado, vestido y afeitado, en el balcón de la estancia observando el bosque que se extendía ante él con una mirada sombría. No necesitó anunciarse, lord Alfred sabía que él estaba allí, así que simplemente lo dijo.
-No hemos encontrado nada, mi señor.
Lord Alfred se dio la vuelta y se lo quedó mirando.
-El bosque es grande –dijo con un toque de ancianidad en la voz.
-Las otras patrullas os informarán enseguida –Hugo observó al hombre que tenía ante él, cuyo cabello antaño castaño empezaba a encanecerse, las arrugas comenzaban a surcar su rostro y sus ojos grises perdían cada vez más brillo, pero tenía grandeza, siempre la había tenido-. Mi señor, no creo que encontremos nada a estas alturas.
-Puede, pero también puede que sí –lord Alfred entró de nuevo en la habitación y se dirigió hacia la mesa donde descansaba su desayuno-. En la vida, basta con que uno deje de buscar algo con ahínco para que aparezca, y en el caso de esa chiquilla es mejor que no lo haga.
Hugo calló. Desde que Mina se fue era hombre de pocas palabras. Lord Alfred apreciaba su silencio casi tanto como sus palabras. El señor de Bosquespeso dio un buen bocado al pan tostado que le habían llevado y bebió un trago de vino. Miró al muchacho con sus viejos ojos y Hugo sintió de golpe el peso de todos sus años.
-Puede que no sobreviva a este invierno –le dijo-. Estos pobres huesos… Es como si este lugar te hiciese envejecer de golpe.

sábado, 13 de octubre de 2012

Invierno Capítulo 2


BRINNA
Las gentes de Qarth iban y venían por la abarrotada calle sin reparar en la muchacha que se hallaba asomada a una ventana de los muchos edificios de la vía. Sus largos cabellos rojos caían despreocupados cuan largos eran. Brinna no los había cortado nunca, por lo que su longitud era considerable. Recorrió una última vez todo lo que rodeaba su ventana con sus ojos de color esmeralda hasta que por fin se saciaron y volvió a dentro.
La que hasta entonces había sido su compañera fiel y mejor amiga, Enza, acababa de entrar en la habitación pobremente amueblada al estilo de Oriente. Recogió como pudo sus cabellos para que sus pies no se enredasen con ellos y fue a sentarse al destartalado diván. Enza se sentó a su lado. Ambas vestían de forma tan pobre como amueblada estaba la casa. Habían llegado a Qarth hacía unos años, y aunque su fortuna había mejorado un tanto desde entonces, no podía decirse que nadaran en la abundancia. Sin necesidad de una petición no formulada por parte de Brinna, Enza comenzó a trenzar sus rojizos cabellos.
-¿Trajiste la ropa? –preguntó Brinna con una voz suave y dulce, parecida a la de una niña. La muchacha apenas tendría dieciséis años.
-Tuve que robarla, pero sí, la conseguí –respondió Enza, unos años mayor que ella. Llevaba su pelo castaño recogido en una sencilla coleta, pero aun así gotas de sudor perlaban su frente-. No tienes por qué irte.
-Sí tengo por qué –replicó la pelirroja-. Te he explicado por qué muchas veces.
-Porque se acerca el invierno, sí –Enza terminó con la primera trenza y comenzó con la segunda-. No sé qué se te ha perdido a ti en el dichoso invierno.
-El fuego debe ir –respondió la otra con sencillez.
Enza puso los ojos en blanco y continuó trenzándole el cabello. Recogió las cuatro trenzas en un apretado moño, reduciendo así los largos cabellos de la muchacha a un sencillo peinado fácil de ocultar.
-Podrías llevarme contigo –dijo finalmente.
-Un invierno como este acabaría contigo, Enza –respondió Brinna-. Y los dioses bien saben que no quiero que te pase nada.
Habían tenido aquella conversación muchas veces, todas ellas con la misma respuesta por parte de Brinna. Aquello no hacía sino acentuar el dolor de la inminente despedida. Enza la contempló mientras se desnudaba y dejaba toda su pálida piel al descubierto, tan fuera de lugar en aquel caluroso clima que chocaba, y mientras Brinna se vestía con las ropas de hombre que ella misma le había traído, supo que había llegado el momento en que perdería a su amiga para siempre.
La pelirroja cubrió sus cabellos con un sombrero de ala que habían encontrado unos días antes. Enza contempló el efecto que creaba su conjunto. Cualquiera que la viera pensaría que era un joven mozo imberbe.
-Eres muy guapo, marinero –bromeó Enza.
Ambas compartieron una alegre risa que ocultaba la amargura de la despedida. Se abrazaron y salieron a la calle. Disfrutaron de la última vez que recorrerían las callejuelas de Qarth juntas. La gente que las miraba pensaría que eran un mozo y su amante, bastante más mayor que él, pero aquello no las importaba. Cuando llegaron al puerto, sintieron que todos los años que habían pasado juntas no eran suficientes.
-¿Tienes miedo? –le preguntó Enza.
Brinna negó con la cabeza.

viernes, 12 de octubre de 2012

Invierno Capítulo 1


KYRAN
Iba a echar de menos ese calor cuando volviese el invierno. Kyran, a lomos de su caballo, un macho gris castrado, disfrutaba de los rayos del sol bañándole el rostro. Llevaba los cabellos, de un rubio rojizo, no demasiado largos, peinados hacia atrás, y una cuidada barba del mismo color. Su cuerpo había conocido la batalla más de una vez, pues Kyran Hill se ganaba la vida como mercenario. Era un hombre musculoso pero delgado, de espaldas no muy anchas. A sus veinticinco años, su espada estaba a la altura de la de cualquier caballero, tal vez incluso por encima de la de alguno, y desde muy pequeño se había visto obligado a pelear para sobrevivir en las calles de Lannisport, ya que su apellido de bastardo no estaba demasiado bien visto en la ciudad.
Kyran viajaba hacia el norte por el Camino Real en busca de algún trabajo con el que ganarse algo de comida y, tal vez, un techo bajo el que dormir por una noche. Hacía un día que había partido desde Desembarco del Rey, donde había realizado un par de trabajos para algunos anónimos señores, por lo que su viaje apenas había comenzado. Llevaba en el cinto su espada, de empuñadura de cuero, sin adornos lujosos. Escondido en su bota derecha, llevaba su estilete. No necesitaba más armas.
Le sorprendió encontrar problemas tan pronto en el Camino. Llegó hasta él el ruido del acero, y apenas un minuto después, el de las risas. Espoleó a su caballo mientras se llevaba la mano a la empuñadura de la espada. Tras una curva del Camino se encontró con un grupo de bandidos, de cinco en total, con las caras cubiertas y ocultos bajo sombreros de ala, saqueando el carro y los cadáveres de dos mercaderes que yacían muertos en el suelo.
No les dio tiempo a advertir su presencia. Cargó contra el más cercano de ellos con su caballo y desenfundó su espada para arremeter contra otro. Un tercero tiró de su capa, desmontándolo del caballo y tirándolo al suelo, pero antes de que el bandido pudiese hundirle la espada lo golpeó en el pecho con ambos pies, provocando también su caída.
Kyran se movía rápido, tenía el cuerpo delgado, aunque musculoso, bien adaptado a ese tipo de peleas. Todos sus movimientos eran veloces, al tiempo que letales. Mató a uno, y luego a otro, uno intentó atacarle por la espalda pero se topó con la espada del mercenario. Cuando el movimiento cesó y Kyran pudo recuperar el aliento, se dio cuenta de que contaba cuatro muertos, no cinco. Faltaba uno.
De nuevo en guardia, espada en alto y controlando su respiración, Kyran miró a su alrededor. Sus botas de piel hacían el menor ruido posible sobre las piedras del Camino al caminar por él. Sigiloso, se acercó al carro de los mercaderes. Una vasta tela de esparto cubría las cajas que transportaban, pero Kyran se fijó en que había espacio de sobra para una persona ahí dentro. Contuvo la respiración y apartó la tela de golpe, preparado para hundir su espada en las tripas del bastardo que le faltaba.
Nada.
Kyran maldijo por lo bajo al encontrar únicamente la mercancía. El asno que tiraba del carro movía la cabeza, inquieto, y cerca del Camino las hojas de los árboles susurraban amigablemente. Kyran no oía más que su propia respiración.
Examinó los cadáveres de los otros cuatro, dio un puntapié a uno de ellos y se agachó para recoger las bolsas de monedas que acababan de robar a los mercaderes. Se las colgó del cinto, ya que ellos ya no las iban a necesitar, pero a él bien podían proporcionarle una comida caliente y un lecho en el que dormir.
Volvió hacia su caballo, que prudentemente se había alejado de la pelea, pero mientras se preparaba para volver a montar, puso los ojos en blanco y se maldijo a sí mismo por haber sido tan estúpido. Volvió al carro, por la parte trasera, se agachó y tiró de dos pies que asomaban por debajo.
El bandido se revolvió y resistió, pero Kyran era más fuerte y logró sacarlo de debajo de la carreta. Lo reconoció como el que le había tirado antes del caballo, el joven al que había propinado tal patada en el pecho que lo había dejado tirado en el suelo durante unos minutos y que, al parecer, después se había apresurado a esconderse.

jueves, 11 de octubre de 2012

Invierno - Prólogo

Me gustaría compartir con vosotros un fic de la saga de Canción de Hielo y fuego que es completamente ajeno al argumento de ésta, en un tiempo anterior y con personajes propios. No hay mucho más que decir, así que espero que os guste lo que leáis.



Prólogo
El final del invierno estaba cerca, Luke lo presentía. Los días, poco a poco, iban prolongándose, cada vez había menos noche. A sus ocho años de edad, sólo recordaba invierno a pesar de haber nacido en verano. Apoyado en el alféizar de la ventana de su habitación contemplaba cómo las nubes avanzaban hacia el norte bajo el cielo azul de la mañana. Desplazó su mirada hacia el bosque que rodeaba todo Bosquespeso, donde pinos, robles, olmos y tantos otros árboles dominaban el terreno. Era fácil perderse por allí, incluso para aventureros experimentados y algunos de los habitantes. Luke siempre había querido entrar y probar que podía orientarse en cualquier parte, pero su padre nunca le había dejado.
Alguien abrió la puerta de la habitación. Se volvió y vio a su padre, Rodrin Glover, señor de Bosquespeso, un hombre de mediana edad, robusto, cabellos oscuros, largos hasta los codos, ya que había jurado no volver a cortárselos jamás tras la muerte de su esposa y madre de Luke, Derial, que murió dándole a luz. Luke se apartó de la ventana, se irguió como le habían enseñado desde pequeño, con las manos a la espalda, y miró a su padre con sus grandes ojos azules mientras esperaba a que éste hablase, lo cual sabía que podía tardar un poco.
Rodrin lo examinó de arriba abajo con un brillo de orgullo y amor paternal en sus ojos marrones. Muchas veces, el señor de Bosquespeso se quedaba sumido en sus pensamientos mientras observaba a Luke, reconociendo lo mucho que se parecía a su difunta madre y lo mucho que la echaba de menos. Siempre había querido a sus hijos, pero cuando Derial murió, los amaba con más locura todavía, a Luke y a su hermana mayor, Mina. No había tenido valor para volverse a casar.
-Deberías estar en el patio, practicando con la espada –dijo finalmente transcurridos unos minutos; su voz todavía conservaba un tono juvenil, ya que lord Glover todavía no había cumplido los treinta y cinco.
-Pesa mucho, cada día el maestro de armas me hace practicar hasta que me duelen los brazos, y cada día me despierto y me duelen más –protestó Luke.
-Tan sólo es una espada de madera, no sé qué dirás cuando empuñes una de verdad –respondió su padre con una media sonrisa-. Vamos, ¿acaso quieres que los hombres se rían de ti porque tu hermana es mejor empuñando un arma? Te aseguro que, cuando crezcas, eso será más humillante todavía.
Rodrin había dado en el clavo. Su hermana Mina, por mucho que su septa se empeñase en hacerla toda una dama, cuando lograba escaparse de su constante vigilancia, cogía una espada de madera y se ponía a practicar. A sus trece años era bastante buena. Muchos niños ya se reían de Luke porque su hermana era mejor que él, pero muchas veces era él quien también se reía de ellos, porque cuando su hermana retaba a alguno de ellos a un duelo, nunca había ningún niño capaz de derribarla. Luke se esforzaba porque quería ser el primero en hacerlo.
-Si practico mucho –murmuró finalmente-, ¿me dejarás explorar el bosque?
La expresión de su padre se tornó seria. Luke sabía la respuesta antes de que la pronunciara, pero debía intentarlo de todos modos.
-¡Por favor! –suplicó-. Me aprenderé cada centímetro del bosque, nunca me perderé, sabré llegar siempre a casa, ¡lo prometo!
Su padre, con gran afecto y ternura, puso su cálida mano sobre la cabeza de Luke y revolvió sus oscuros cabellos. Le sonrió con pesar.
-No es solo cuestión de orientación, Luke –le dijo-. Acechan muchos peligros en el bosque.
-¿Como las brujas de las que me hablaba la abuela?

martes, 9 de octubre de 2012

Veneno de Dragón

Qué mejor forma de empezar por aquí que poniendo un relato corto basado en una parte de la historia de los siete reinos en la saga Canción de Hielo y Fuego.
No tiene nada que ver con el argumento de la saga, es simplemente que investigando encontré un personaje histórico con un pasado que me pareció curioso y quise hacer una especie de cuento de ello, así que los que quieran leer los libros no os preocupéis, no tiene spoilers.



Veneno de Dragón era un hombre que vivió hace mucho tiempo. Vivía en un gran castillo rojo, con muchos sirvientes y damas a su servicio y algún día, puede que cuando la guerra terminase, sería rey. Pero él nunca sonreía, no era feliz. Se había armado con una coraza de hielo que lo aislaba del mundo. Era un hombre frío, poco amistoso. Frío era su interior y fría era su mirada.
Lo llamaban Veneno de Dragón porque al morir su madre a manos de una de estas criaturas, él los detestaba y fue matándolos hasta que, finalmente, acabó con el último. Cuando se dio cuenta de la atrocidad que había hecho, de que aquello no iba a traer de vuelta a su madre, se desmoronó. Siempre iba de negro.
Quiso entonces traer de vuelta a los dragones. Había encontrado huevos de dragón en los alrededores pero parecían no querer eclosionar. Veneno de Dragón pensó entonces en llevarlos a su tierra, llevarlos al otro lado del mar.
Viajó una vez con tres huevos. Uno se perdió por el mar por culpa de una tormenta, otro se lo robaron cuando desembarcó, y antes de que pudiese salir de la Ciudad Libre, el tercero sufrió una caída cuando un extraño lo golpeó.
Desanimado, volvió tiempo después a hacer otro viaje, que tampoco funcionó. Los huevos no tenían suficiente calor y murieron.
Pero Veneno de Dragón, obstinado, volvió a intentarlo. Hizo otros siete viajes más, sin resultado alguno, aunque en el último estuvo cerca de lograrlo. Llevó al único huevo que quedaba lejos de las Ciudades Libres, al desierto que había al este, antes de llegar al mar dothraki. Fue lo más lejos que había llegado en ninguno de sus viajes, estaba decidido a transportar aquel último huevo a donde quiera que hiciese más calor.
A lomos de su caballo blanco, viajaba sin descanso durante el día para caer exhausto a la noche sin lograr salir del desierto. Un día, mientras continuaba su camino, distinguió una silueta entre las arenas claras. No se había cruzado con nadie desde que había entrado en el desierto, así que aquello era una novedad. Fue a comprobar qué era.
Vio una maraña de pelo negro, desenredado, que se mecía con el viento, largo, oscuro. Entonces vio los ojos, aquellos ojos tan ardientes como el mismo sol que lo observaron acercarse desde muy lejos, tan ardientes que sentía que se quemaría él mismo si lo observaban demasiado tiempo, tan ardientes que tuvo la certeza de que al fin había encontrado el Fuego que buscaba.
Veneno de Dragón llegó finalmente junto al Fuego, que lo esperaba con aquella solemne mirada ardiente. Desmontó de su caballo y se puso frente al Fuego para poder mirarlo a la cara.
“Vuestro viaje no me era desconocido” dijo el Fuego con una voz tan ardiente como su mirada. “Conozco vuestro propósito”.

lunes, 8 de octubre de 2012

Explorando un mundo nuevo

Hola a todos! He decidido meterme en el mundillo de los blogs en principio porque me gusta mucho escribir y creo que este es un lugar bastante bueno donde ir publicando tanto historias largas como cortos relatos y compartirlos con aquellos a los que os interese. No estoy sujeta a ningún género en concreto, pero suelo escribir sobre fantasía. Las historias que cuelgue aquí serán propias, llevan su trabajo de hacer, así que seguramente me tome mi tiempo entre entrada y entrada porque lo necesito tanto para escribir como para otros asuntos que reclaman mi atención.

El blog está sujeto a una licencia de Creative Commons, por lo que todo lo que publique está registrado. Aunque lo publique de forma gratuita no quiere decir que permita cambios en mi trabajo ni distribuciones en otros sitios. Si queréis compartirlo con más gente, simplemente pasad la dirección del blog :).

No mareo más y espero que os guste el contenido que vaya añadiendo.

Un beso!