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lunes, 14 de enero de 2013

Invierno Capítulo 10


SHAVYN
Corrió con los pies descalzos por una de las calles más estrechas de Lys. Tras ella quedó el furioso tendero al que acababa de robarle unas pocas manzanas, perdido entre la multitud y gritando improperios que hizo que más de algún lyseno se girara. Sin preocuparse por detenerse al llegar al final de la calle, que acababa en una caída libre, saltó y se agarró con la mano libre a la roca. Sus pies no tardaron en encontrar el apoyo que necesitaba en el acantilado que se abría bajo ella. Las olas rompían contra la pared de rocas, unos cuantos metros más abajo. El corto vestido de lino azul que llevaba se le pegó al cuerpo, humedecido, pronunciando la insinuación de la silueta de su delgado cuerpo de piel blanca. Su cabello rubio se mecía alborotado.
No oía más que el rugido de las olas bajo sus pies. Había perdido al tendero, pero sin duda él se acordaría de ella si volvía a aparecer por allí. Tenía que buscar otro sitio donde robar. Descendió con una gracia que envidiaría el escalador más ágil hasta un saliente en el acantilado donde pudo posarse con tranquilidad. Se comió una de las manzanas robadas y se guardó las otras dos en una bolsita de cuero que llevaba atada a la cintura. Eso y el corto vestido era lo único que llevaba encima.

Al estar tan cerca del agua, no tardó en empaparse debido a la humedad. Su pelo rubio chorreaba agua mientras sus ojos grises como las nubes del norte vigilaban el mar mientras ella recuperaba el aliento.
Aquel era su escondite. Cada vez que robaba algo, Shavyn corría hacia allí y saltaba al vacío, agarrándose de las rocas justo a tiempo para evitar caer al agua. Si algún día fallaba, la caída sería dura, pero ella tenía la certeza de que aquello nunca le pasaría, era casi como si pudiese volar.
Los ojos de la lysena se posaron en el puerto, a su izquierda. Contempló las naves mercantes que esperaban pacientemente su momento para partir y sintió de nuevo esa punzada que toda su vida la había acosado, ese deseo de partir en una de ellas. “Pronto” se decía siempre.
Una  vez hubo descansado de su ajetreada huída del mercado de Lys, Shavyn se puso en pie y se preparó para coger carrerilla, mirando en dirección al puerto. “No pierdo nada por husmear un poco.” Sus pies se pusieron en movimiento y con un grácil salto se agarró a la roca y se adaptó a ella como si de un lagarto se tratase. No en vano los que la habían visto trepar la llamaban “Salamandra Shavyn”. Trepó por el acantilado siempre desviándose hacia el puerto, de modo que cuando ya estuvo al nivel del suelo de la ciudad, había avanzado un trecho importante. Se encaramó a la barandilla del paseo y se preocupó de alisarse el vestido.
En el puerto siempre había una gran variedad de culturas, gente de todas partes del mundo comerciaba o acudía a Lys en busca de una de sus famosas casas de placer. Durante su paseo, más de un marinero confundió a Shavyn con una prostituta y ella se veía obligada a soltar alguna grosería para que la dejasen en paz. Prostitutas o no, las lysenas siempre llevaban poca ropa, por lo que estas confusiones eran muy comunes. Tras desembarazarse de un enorme capitán de barco borracho que insistía en hacerla su esposa, se dirigió al muelle.
Los navíos se mecían suavemente con las olas mientras la gente subía y bajaba de ellos con naturalidad. Ella nunca había estado a bordo de un barco y no podía evitar preguntarse qué se sentía. Sin darse cuenta, se había detenido mirando uno de los barcos. Los hombres iban y venían por la cubierta haciendo todo tipo de preparativos. Al parecer, estaban a punto de zarpar.
-Decídete, monada, o subes o te vas –una voz a su espalda la sobresaltó. Debía tratarse del capitán del barco, un hombre con una barba canosa tan feroz como sus dientes podridos y verdosos. Tenía el rostro surcado en arrugas y una enorme verruga en la nariz. Shavyn no sabía si le daba miedo o le hacía gracia.
-¿Hacia dónde va el barco? –preguntó tímidamente mientras sentía que unos cuantos pares de ojos provenientes de la cubierta se posaban en ella, curiosos.
-Desembarco del Rey –respondió el capitán con una bonachona sonrisa que podía esconder muchas cosas-. ¿Qué me dices, niña?
No le gustaba que la llamasen niña. Había cumplido ya los dieciocho, y a pesar de su menudo y delgado cuerpo, era ya toda una mujer. Amagó el mohín de desagrado que estuvo a punto de aparecer en su rostro y forzó una sonrisa.
-No tengo dinero…
La sonrisa del capitán se desvaneció al instante.
-Pues ahí te quedas, a no ser que quieras pagar con otro tipo de moneda.
Aquella insinuación hizo que se le pusiese la piel de gallina. Considerar siquiera la posibilidad de tocar a aquel hombre estaba segura de que le produciría arcadas. Hasta el olor que le llegaba era nauseabundo, una mezcla entre pescado podrido y cítricos. El capitán ya imaginaba la respuesta y se encogió de hombros.
-No os preocupéis capitán, viene con nosotros.
Extrañada, Shavyn se volvió y se encontró con que un chico moreno y alto, seguido muy de cerca por un muchacho enclenque ataviado con un curioso sombrero, le lanzaba una pieza de oro al marinero y le dedicaba un guiño a la lysena. Le dio un vuelco el corazón y lo primero que le vino a la mente fue “¿Por qué lo hace?”.
El muchacho enclenque no le quitaba los ojos de encima. En el hombro tenía un hurón blanco que olisqueaba en su dirección. Intercambiaron miradas durante unos segundos, antes de que el otro chico interrumpiese sus pensamientos y la hiciese subir al barco con ellos. Shavyn disimuló hasta que estuvieron lejos de los oídos del capitán. Entonces se volvió hacia el chico para preguntar, entre molesta y agradecida, pero antes de que pudiese abrir la boca, él se marchó directo hacia los camarotes.
-No le gusta que le den las gracias –dijo el otro chico, el flacucho y enclenque que iba con él-. A mí también me lo pagó.
Tenía una voz aguda para un chico de su edad, pensó. Sin embargo, se sintió agradecida de no ser la única que se encontraba en una situación así.
-¿Por qué lo hace?
El chico se encogió de hombros.
-Cuando le pregunté, no me respondió. Simplemente me sonrió y me dijo que no me preocupara.
La generosidad era algo que a Shavyn le era desconocido y merecedor de desconfianza, ya que aquellos que habían mostrado algo de interés por ella había sido para utilizarla más tarde. El muchacho pareció percibir sus dudas.
-Es un buen hombre –le dijo-. No sabría decirte por qué, pero puedes confiar en él –el chico le dedicó una media sonrisa-. Y en mí también. Me llamo Gen.
Le tendió la mano y ella, todavía con algunas dudas, se la estrechó.
-Shavyn.

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