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lunes, 10 de junio de 2013

Los Reyes de las Ratas [Capítulo 1]

1.
Yo me encontraba en la cafetería El Gato, esperando a mi cita. Realmente no era una cita propiamente dicha, mis padres la habían organizado con la hija de uno de los socios de mi padre. Empeñados en que me case pronto y les dé nietos cuanto antes, mi madre insistió en que la conociera. Me dijo que era una chica joven, un par de años menor que yo, (yo por aquel entonces tendría veintiséis), que era guapa, buena cocinera, le encantaba leer y estaba terminando la carrera de medicina. Incontables veces me pregunté, si aquello saliese bien y terminásemos casándonos, cuánto tiempo tendríamos los dos para estar juntos, ya que tanto su profesión como la mía exigían mucho tiempo. No obstante, acabé aceptando, ya que mi madre me conocía muy bien y sabía que era cuestión de insistir un tiempo.
Aquellos días hacía por lo menos tres años que perdí al resto de mi equipo en aquella maldita operación contra la mafia. No había olvidado ni un solo minuto de esa noche, ni perdonado a ninguno de los responsables, pero en especial, la que a menudo ocupaba mis pensamientos era ella, la que arrogantemente perdonó mi vida y me metió en su juego.  Sí, puede que pensase demasiado en Suzume, pero cualquiera en mi situación lo haría. Ella era la única pista que tenía para llegar a todos los que mataron a mis compañeros, la que me dejó con vida para poder llevar a cabo mi venganza, o simplemente porque estaba aburrida. Nunca le hablé de ella a nadie, tal vez porque aquella sensación de  odio se veía turbada por otra muy opuesta y temía que me tomasen por loco.

La entrada de Yoko en la cafetería hizo que me olvidase por el momento de Suzume. La reconocí porque mi madre me dijo que iría con un vestido corto y suelto, de un blanco sucio, como más amarillo, para que yo la reconociese. Y comprendí por qué había elegido aquel vestido. Dudaba mucho que a cualquier otra chica le quedase como a ella. Como la mayoría de las japonesas, tenía el pelo de color castaño oscuro, largo y liso, pero ello no la hacía más común. Sus ojos avellanados tenían un brillo singular, una particular dulzura que complementaba su sonrisa. Como si me hubiesen dado un calambrazo, me levanté de mi silla para saludarla, rezando para que mis nervios no fuesen evidentes. La ayudé a acomodarse en su silla y volví a sentarme.
-Eres más guapo de lo que mi padre me había dicho –comentó con una sonrisa; aquel comentario hizo que algo en mi estómago se desatase y miré hacia otro lado, nervioso, pero sin poder evitar una sonrisa.
-Gracias –respondí a duras penas. Conseguí dotar a mi voz de la firmeza necesaria para seguir hablando-. Lo cierto es que tú también. Es un placer conocerte.
Charlamos durante un rato, conociéndonos el uno al otro. Resultó ser una joven agradable, bastante humilde, y supe que mi madre, por mucho que me pesase, era una buena casamentera, aunque todavía era pronto para hablar de matrimonio. Lo que más me gustó de ella fue su risa, una risa fresca, despreocupada, acompañada de aquella sonrisa tan hermosa.
-He de confesarte algo –se acomodó un mechón de pelo juguetón que había salido de su sitio-. Lo cierto es que no esperaba esta cita con mucha ilusión –sus ojos, con ese brillo dulce tan puro, se posaron tímidamente en los míos-, pero veo que mi padre ha acertado esta vez.
Su sonrisa disimuló en parte el significado de aquellas palabras, por lo que tardé un poco en reaccionar.
-¿Esta vez? –pregunté extrañado.
-Ya me había organizado este tipo de citas antes –confesó ella haciendo un mohín muy tierno con su nariz-. Esta es la primera que disfruto de verdad –garabateó algo en su servilleta y me la pasó. Era su número de teléfono. Su sonrisa calmó mi inquietud.
-Gracias –cogí la servilleta, la miré sonriente, y luego a ella-. Lo cierto es… Bueno, soy policía, ya sabes… No tengo mucho tiempo libre.
-Lo sé –respondió ella, que no parecía desanimada en absoluto-. Yo estudio mucho, así que tampoco tengo mucho tiempo pero…  Tal vez algún día…
-Tal vez –sonreí y le cogí la mano. Nos miramos durante unos segundos, hasta que, finalmente, ella se levantó.
-Gracias por el café –se alisó el vestido con aquella gracia tan propia de ella y cogió su bolso-. Espero que podamos repetirlo.
-Por supuesto –me levanté yo también, apenado, en parte, porque aquello hubiese terminado ya y no tener la certeza de cuándo sería la siguiente vez que pudiese volver a verla-. Permite que te acompañe a casa al menos.
-Oh, no es necesario –pareció que dudaba unos instantes, pero entonces se acercó a mí y depositó un suave beso en mi mejilla que me dejó algo acalorado. Después, con el rubor tiñendo de rojo sus mejillas de porcelana, jugó nerviosa con un mechón de su pelo-. Hasta… Hasta la próxima.
Dio media vuelta y salió de la cafetería, llevándose la frescura y la alegría que iluminaban en local. Suspiré y saqué mi cartera, dejé un billete que serviría para pagar los cafés y me marché yo también.
Era casi mediodía, así que pensé en ir a comer algo primero y luego ir a trabajar. Hacía un día agradable, algo caluroso, la gente iba y venía a mi alrededor charlando y riendo animadamente por un lado, o con prisas y mal humor por el otro. Yo, sin embargo, me sentía bastante bien. Doblé la esquina para encaminarme a uno de los restaurantes que solía frecuentar cuando no tenía tiempo de comer en casa, ya que quedaba muy cerca de la comisaría y podría comer tranquilamente para llegar puntual al trabajo.
Una joven de cabello cobrizo como el otoño y largo hasta media espalda también dobló la esquina en ese momento, justo en dirección contraria a la mía.
Me esquivó con gracia, elegancia, y un atisbo de una sonrisa que pude llegar a entrever, pero lo que me hizo pararme en seco fue su risa, aquella risa tan infantil, pero que aun así lograba ponerte los pelos de punta. Había reído cuando casi había chocado con él, eso fue lo que me alertó. Aquello y el olor a jazmín que desprendía, un olor que yo ya conocía muy bien de una ocasión nada agradable de la que todavía no sé cómo escapé con vida. Aquella risa… Aquel aroma… Mis sentidos estaban petrificados. “Suzume” fue lo único que me vino a la cabeza. “Suzume”.
Rápidamente me di la vuelta y traté de esquivar a las personas que se interponían entre ella y yo, que cada vez eran más. No sabía si me había visto, si lo hacía aposta porque quería perderme, pero estaba completamente seguro de que era ella. Era el aura que emanaba, algo tenía que me ponía los pelos de punta, como aquella noche en la que me dejó con vida. La seguí como bien pude casi toda la gran avenida. Ella poseía una gracia natural para moverse entre la gente, gracia que lamentablemente yo no tenía. Iba vestida como si acabase de salir del colegio, con el uniforme todavía puesto. Una burda mentira, yo sabía bien que era demasiado mayor para ir al colegio, pero las japonesas tienen esa infantilidad en el rostro que las hace parecer mucho más jóvenes de lo que son.
Se adentró en un callejón. Lo más deprisa que pude, entré en él yo también, pero ya era tarde. Estaba vacío completamente, a diferencia de la avenida. Mi corazón aún palpitaba con fuerza del acalorado ejercicio al que se había visto sometido. No tenía ni idea de qué había venido a hacer allí, una calle oscura, maloliente y de mala pinta. Posiblemente, y mi instinto me decía que no me equivocaba, se trataría de un asunto de negocios bastante sucio. Por ello, decidí esperar en aquel callejón que apestaba a orines y a pescado podrido.
No recuerdo bien cuanto tiempo me quedé allí, confiado de que ella aparecería pronto. El caso es que ella lo hizo. Salió de uno de los portales, con la camisa del colegio salpicada con algo de sangre. Ese rostro casi angelical no había cambiado apenas en los últimos años, pero de angelical no tenía nada, yo bien lo sabía. Dudé por un instante, pero finalmente la seguí, y cuando ya la tenía casi al alcance, lejos de la avenida para no poner en peligro al resto de transeúntes, saqué mi arma.
-¡No te muevas! –grité.
Tenía el corazón en un puño. Suzume, lentamente, alzó las manos y se dio la vuelta. ¡Estaba sonriendo! No podía creérmelo. Aquel maldito diablo sonreía mientras yo la apuntaba con una pistola. Poco a poco, me llegaba de su dirección el aroma a jazmín con el que se impregnaba el cuello. Mentiría si dijese que aquel olor no me gustaba, pero dada la situación, no podía permitirme bajar la guardia.
-Valiente –fue lo que dijo-. Ya me preguntaba yo cuándo volvería a verte, Yu.
-¿Cómo sabes mi nombre? –pregunté, ya que, que yo recordase, no se lo había dicho aquella noche.
-Lo sabemos todo –respondió con una risita-. Mucho más de lo que tú crees.
-Entonces sabrás que vas a venirte conmigo –los nervios me podían, el terror atenazaba mis piernas, pero no podía permitir que aquello me controlase ahora que la tenía en mi mano.
Dada la situación, lo esperado hubiese sido cualquier cosa, cualquier otra cosa salvo una enorme sonrisa.
-¿De verdad lo crees? –dijo, mostrándome aquella perfección de dientes blancos.
Inmediatamente después, sentí un golpe en la nuca, todo se volvió negro y sentí cómo mi cuerpo caía al suelo. No estaba inconsciente, pero casi no podía ni moverme. Me preparé para el siguiente golpe, o el disparo, o lo que fuera que viniese después, pero no llegó.
-No lo mates, Ichiro –oí decir a Suzume.
-¿Por qué no? –escuché la voz de un chico, alguien a quien no había visto antes y que debía haber estado detrás de mí para poder sorprenderme de aquella manera-. Esta basura pretendía detenerte, no nos llega ni a la suela de los zapatos, ¿por qué no habría de cargármelo? –sonaba joven, un chico joven, pero no alcancé a verle la cara.
-Porque es entretenido –respondió la otra con aquel tonito infantil que yo conocía y que sabía falso-. Vamos, el oyabun nos espera, ¿o es que quieres llegar tarde, tonto?
-¿Y qué hacemos con este? –esta vez, me dio una patada, pero traté de aparentar estar inconsciente, por mi propio bien.
-Déjalo ahí, ya despertará.
Los oí alejarse, entre parloteo y risas, y cuando ya dejé de oír sus pasos en el eco que producía la estrecha calle fue cuando me atreví a moverme. Estaba dolorido, mareado y tenía unas ligeras náuseas debido al olor de pis y pescado que reinaba en el callejón, pero estaba vivo, como aquella vez en el antro en el que perdí a mi equipo. Vivo sin saber por qué, gracias a una asesina a la que yo mismo perseguía y pretendía dar caza. Lo cierto era que no comprendía a Suzume, pero ya eran dos las veces que me había salvado la vida sin motivo aparente, y aquello no me gustaba nada de nada.

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